Posteado por: elobservadorcampechano | abril 7, 2008

DE FEDERICO ARREOLA : CEMEX: RIQUEZA Y RESENTIMIENTO

Por Federico Arreola

Opinar objetivamente no es fácil, y esta es una tarea que se complica si se intenta sobre la base del resentimiento. Veamos.

Por correo electrónico, algunas personas me han enviado textos en los que se apoya la nacionalización del cemento en Venezuela, medida del presidente Hugo Chávez con la que estoy enteramente en desacuerdo. En uno de esos correos llegó la carta que publicó en La Jornada, ayer domingo, el señor Miguel Ángel Montoya, asesor en materia ambiental del grupo parlamentario del PRD.

Montoya escribió acerca de “Cemex y el respeto a los derechos de los mexicanos en el exterior”. Después de haber leído su texto me queda perfectamente claro que se trata de una persona inteligente y preparada. Por la forma en que se expresa, deduzco que Miguel Ángel Montoya pertenece a la minoría de mexicanos privilegiados por haber tenido acceso a una educación de excelencia. Es muy injusto, entonces, que un hombre tan calificado no posea casa propia (como admite en su misiva) y que su único patrimonio sea su automóvil. El caso es que parte de lo que ha dicho Montoya sobre la nacionalización de Cemex en Venezuela se explica a partir de su propia situación económica.

Al señor Montoya le llama la atención que, “ante el anuncio de la nacionalización de la industria cementera” en Venezuela, “diversos actores del gobierno mexicano exigieran con sorprendente celeridad ‘el respeto a los derechos de propiedad de los mexicanos’ (como lo hizo el secretario de Hacienda)”. Por esa razón, concluye, “es claro que para el gobierno mexicano los derechos de propiedad de Zambrano son más importantes que el derecho a la vida de los mexicanos en el exterior. Con una celeridad sorprendente el embajador de Venezuela fue llamado a dar explicaciones por parte de la Secretaría de Relaciones Exteriores, pero nunca el embajador de Colombia por el asesinato de cuatro mexicanos por parte del ejército colombiano en un territorio que no era el de su país. La actitud del gobierno mexicano es deplorable”.

A mí también me ha llamado la atención la “sorprendente celeridad” con la que el gobierno de Calderón ha actuado en el caso de Cemex, ya que el presidente espurio y su gabinete nos han acostumbrado a la pachorra con la que trabajan. Pero, naturalmente, la presteza con la que en este caso se han movido los funcionarios calderonistas -lamentable sólo si se le compara con la apatía mostrada en otros asuntos graves, como el asesinato de mexicanos en Ecuador- no es en sí misma criticable. No lo es, obviamente, porque Cemex es una gran empresa mexicana que merece ser defendida por su gobierno (incluso debería defenderla el gobierno legítimo de México, el de López Obrador). Lo único censurable, hay que subrayarlo, es que el gobierno de Calderón no proceda con la misma rapidez (e inclusive que no proceda de ninguna manera) cuando en el extranjero se agrede a mexicanos de izquierda, como en Bolivia. Pero de esto Cemex no tiene la culpa.

De lo único que Cemex es responsable es de su éxito. Esta empresa no fue privatizada porque nunca fue propiedad del Estado. No explota con ventajas monopólicas ninguna concesión valiosísima. No nació por decisión de ningún gobierno del PAN y ni siquiera se consolidó en la época del PRI. Es, más bien, una compañía próspera desde antes de que estallara la Revolución Mexicana y si, hoy en día, opera con rentabilidad en cuatro continentes, se debe no a los favores de político alguno, sino a su buena administración.

Admito que tal vez no soy objetivo porque en Cemex participa gente a la que aprecio. Pero en mi defensa diré que la subjetividad basada en el afecto suele ser más manejable que la subjetividad basada en el resentimiento.

Sigo citando a Miguel Ángel Montoya:

“Como la expresión ‘los mexicanos’ me abarca, debo suponer que la única propiedad con la que cuento, esto es mi automóvil (estoy en el caso de millones de mexicanos que ni siquiera poseemos una casa propia) se verá amenazada por las acciones del presidente Hugo Chávez, a quien la mayoría de los medios de comunicación mexicanos quieren hacer aparecer como un tirano, y a su gobierno como el mismo infierno en la Tierra. Entiendo que el secretario de Hacienda se refería a los ‘supremos’ derechos de propiedad de Lorenzo Zambrano Treviño, dueño de la cementera que es ejemplo mundial de acumulación de capital y depredación ambiental acelerada”.

Vayamos punto por punto.

Estoy de acuerdo con el señor Montoya en que Hugo Chávez no es un tirano. Chávez, que tiene un importante apoyo popular en Venezuela y que ha ganado con legitimidad sus elecciones, ha gobernado con eficacia. Pero me parece que el presidente Chávez no es perfecto y que ha cometido errores graves que podrían llevar a su país a una crisis. Como el de decidir la nacionalización de la industria cementera. Si no le fue del todo bien al nacionalizar la electricidad, que sí podría considerarse un sector estratégico (el servicio eléctrico en Venezuela no mejoró con esa medida), la estatización cementera podría llevar a ese país al desabasto.

Si el presidente Chávez espera que con la estatización haya más cemento más barato en Venezuela, se va a frustrar. Porque tendrá un costo, alto desde luego (y no sólo económico, sino también ambiental), que abandonen esa nación técnicos y administradores competentes de Suiza, Francia y México. Y más se va a frustrar si piensa que los podrá reemplazar fácilmente con técnicos-burócratas y administradores-políticos del monopolio petrolero estatal. Porque el auge de la empresa petrolera venezolana está sustentado, más que en innovaciones o en eficiencias operativas, en un factor de coyuntura: los altos precios internacionales del petróleo. En cambio, el éxito de Holcim, Lafarge y Cemex surge de la sana administración y de la inversión en desarrollos de todo tipo logrados durante décadas.

No todas las expropiaciones cementeras funcionan. Ya habrá tiempo de recordar, con mayor detalle, que la primer planta productora que tuvo Cemex, fundada en 1906 en el municipio de Hidalgo, Nuevo León, en su momento fue expropiada y convertida en cooperativa. Como no todas las expropiaciones son necesarias y como no todas las cooperativas son eficientes, el destino de Cementos Hidalgo fue el de volver a su origen, es decir, volver a ser una empresa privada, de nuevo en poder de Cemex, que si no estoy mal informado la usa ahora como bodega o algo por el estilo ya que, por obsoleta (pocas cooperativas desarrollan tecnología) no sirve para otra cosa.

No va ser raro, entonces, que el gobierno del presidente Chávez termine por importar cemento comprándolo a los mismos que pretende echar de su país: a las cementeras suiza, francesa y mexicana. Por supuesto, se lo van a vender con alegría, porque a eso se dedican. Pero el cemento se lo venderán caro al gobierno de Venezuela, porque tendrán que transportarlo desde otros mercados. Así de sencillo.

Pero, vuelvo a la carta de Miguel Ángel Montoya. Encuentro su falta de objetividad en la comparación que hace de su personal patrimonio (un automóvil y ni siquiera casa propia) con el que tiene el presidente de Cemex, Lorenzo Zambrano, “ejemplo mundial de acumulación de capital”. El resentimiento no lleva a nada bueno.

Está bien defender al presidente Chávez de las calumnias que a diario le lanzan no pocos medios de comunicación. Y es correcto criticar a Calderón por no haber protestado por los mexicanos muertos en Ecuador (aunque la torpeza del presidente espurio si bien daña a México, al menos tiene el efecto positivo de recordarnos a muchos que no nos equivocamos al votar por López Obrador y que acertamos al participar en su gobierno legítimo). Pero es inaceptable dar a entender (a eso huele la carta a La Jornada del señor Montoya) que Zambrano merece, por ricote, que lo jodan en Venezuela.

Lo injusto no es que Zambrano sea rico (su fortuna se la ha ganado honradamente). Lo realmente injusto es que millones de mexicanos no tengan nada o que personas tan altamente calificadas como evidentemente lo está Miguel Ángel Montoya, apenas tengan un automóvil ya que sus ingresos no les alcanzan para adquirir casa propia. De esto, claro está, Zambrano no tiene la culpa.

La culpa es de un sistema mal diseñado y peor llevado a la práctica. Muchos de mis amigos que simpatizan con el gobierno legítimo dicen que hay que cambiar el sistema neoliberal mexicano actual por uno más estatista, según entiendo más parecido a lo que existía en México antes de la llegada de Miguel de la Madrid al poder. No estoy de acuerdo. El Muro de Berlín se cayó o lo tiraron porque el estatismo es un desastre económico y tecnológico. Que yo sepa, antes de De la Madrid la mayoría de los mexicanos no vivía como en Suiza o Suecia. Si no recuerdo mal, los pobres de la época del PRI eran tan pobres como los del período del PAN y tenían menos esperanza.

Lo que de verdad hace falta es democracia (es decir, ya no más presidentes como Calderón surgidos del fraude electoral). En la democracia, cuando la logremos, podremos construir un sistema económico que no esté cimentado en la corrupción (es decir, en el que no haya funcionarios encumbrados como Mouriño, que utilizan el poder para enriquecerse). Sólo sin corrupción podrá operar un Estado benefactor de verdad, no sólo benéfico para unos cuantos burócratas. Y con otra moral pública será posible darle al sistema económico más competencia, de tal modo de que se reproduzcan más y más grandes empresas mexicanas, que si son capaces de conquistar el mundo como Cemex, mejor todavía. Porque, esta es la verdad, sólo creando más riqueza podrá empezar a acabarse la pobreza.

Una razón más para apoyar al peje en el 2008.
Publicado por Victor Hernandez en 10:34 AM

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Responses

  1. Casi vomito al leer esto…


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