El reparto del pastel

 Del ¡Por Esto!

Juan José Morales

Calderon y Muriño“La solución somos todos” fue el lema de campaña de José López Portillo, y pronto algún cínico transliteró la frase para convertirla en “La corrupción somos todos”.
Por fortuna no es así.

Ni todos los mexicanos somos corruptos, ni todos los altos funcionarios públicos participan de la corrupción o están de acuerdo con ella. Hay muchos que mantienen una conducta intachable, y aunque conocen de cerca los malos manejos no participan en ellos. Incluso, cuando pueden los denuncian, anónimamente, por supuesto, para no ser despedidos y poder seguir teniendo acceso a información clave.

En mi vida de periodista pude conocer de primera mano casos de ese tipo. En cierta ocasión, por ejemplo, un alto empleado de Ferrocarriles Nacionales me hizo llegar datos irrebatibles sobre la compra de grandes cantidades de rieles defectuosos, que se rompían si los trenes rebasaban cierta velocidad y cuyo uso había sido prohibido en Estados Unidos. La revista en que yo escribía dio a conocer el asunto, aunque finalmente nada se hizo… excepto asegurarse de que los convoyes no alcanzaran la velocidad crítica en los tramos donde se habían tendido esos rieles.

 Todo eso viene a cuento porque sin duda es gracias a ese tipo de funcionarios patriotas y honestos como Andrés Manuel López Obrador puede obtener los documentos con los cuales está desenmascarando al gobierno calderonista de las “manos limpias” y los oscuros negocios que se esconden tras los intentos de privatizar la industria petrolera (no a PEMEX, hay que precisarlo, sino a la industria en sí).

 Así pudo saberse que el secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño ha usado sus influencias políticas para otorgar contratos a las empresas de su familia, y así pudo también ahora exhibirse el jugosísimo negocio que Calderón le puso en bandeja de plata a la transnacional española Repsol: comprar gas peruano con un costo total de seis mil millones de dólares y vendérselo a la Comisión Federal de Electricidad en México por 21 mil millones, o sea tres veces y media más caro, con una ganancia del 250%.
Después de conocerse esta escandalosa operación, no habrá quien se trague el cuento de que tener socios extranjeros ayudará a PEMEX a funcionar mejor y que los mexicanos podremos aprovechar mejor nuestra riqueza petrolera. Eso es mentira. Lo que se busca con la privatización de los energéticos -y aquí tenemos una buena muestra de ello-, es simple y sencillamente repartirse un suculento pastel.

 La pregunta obligada ante la revelación de AMLO es ¿por qué PEMEX no realizó la operación que la CFE -otra empresa del gobierno- le encargó a Repsol? Lo lógico es que así hubiera sido. PEMEX tiene los recursos, los conocimientos, la experiencia y la capacidad técnica para ello. Y no hay problema de financiamiento para la compra de gas ni para la construcción de las instalaciones necesarias, pues PEMEX cuenta con partidas presupuestarias ya autorizadas pero que no ejerce, y sus ganancias se han estado incrementando en los últimos años gracias a los altos precios del petróleo. Si el contrato se le hubiera dado a PEMEX y no a Repsol, esa enorme ganancia de 15 mil millones de dólares se habría quedado en México, para fortalecer la economía nacional, en vez de irse a España.

Y las mentes suspicaces no pueden dejar de pensar que ese favoritismo hacia Repsol no es gratuito.

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